Los socios del silencio. Por Claudio Fantini

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Mientras Cristina habla bien pero pocos le creen y muchos cambian de canal, Cobos, Reutemann, Scioli, Macri y De Narváez oscilan entre el silencio y el discurso pobre y superficial...

Claudio Fantini
Profesor investigador en Ciencia Política de la Universidad Empresarial Siglo 21

“Usted perdió”, fue todo lo que dijo Calvin Coolidge a la señora que había apostado que le haría decir “tres palabras seguidas”.

El silencio era su rasgo de personalidad. Hablando poco, llegó a gobernador de Massachusetts, luego a vicepresidente y, finalmente, al Despacho Oval de la Casa Blanca. Pero la excepcionalidad política de ser un hombre callado no era en Coolidge señal de sabiduría, humildad o armonía interior, sino la cobertura de un vacío inquietante. Sin ideas propias, sólo era un callado continuador de la temeraria ortodoxia de Warren Harding, su antecesor.

También habla poco Manmuhán Singh. Pero desde que fue ministro de Rajiv Gandhi hasta que se convirtió en jefe de gobierno de la India, nadie influyó más que él en el trayecto histórico de ese país.

El silencio de los hombres callados de la política argentina está más cerca del inquietante vacío del presidente norteamericano de la década de 1920, que de la lucidez hacedora del primer miembro de la religión sikh que gobierna la nación de los hindúes.

Carlos Reutemann habla poco porque cuando lo hace no se le entiende nada; y no porque tenga ideas y visiones de tal magnitud y complejidad que no alcanzan las palabras, ni por manejar un lenguaje inevitablemente críptico. No se le entiende nada porque, además de la pobreza franciscana de su vocabulario, sus palabras y sus silencios parecen hechos para ocultar miedos políticos y cálculos personales.

No aspira al poder ilimitado ni tiene instinto autoritario. Tampoco lo rigen ambiciones corruptibles y puede ser eficaz en la gestión. Pero sólo está dispuesto a gobernar cuando la política suena como dulce melodía, mientras que huye despavorido cuando se vuelve abrupta y temperamental.

Una cosa es no vender la falsa imagen del piloto de tormentas que no es y otra es vivir en la Argentina, militar en el peronismo y pretender gobernar un cantón suizo.

El silencio de Hermes Binner no encubre vacíos conceptuales. Constituye la forma de expresar un rasgo de los socialistas: usan las palabras sólo para explicar con precisión y para negociar con apertura políticas de consenso, siempre apuntadas a la equidad y a fortalecer las instituciones, no los líderes.

Este cromosoma del progresismo santafesino, basado en abrazar ideales y valores pero no dogmas ideológicos, lo coloca en las antípodas del kirchnerismo y de la izquierda que lo apoya. No obstante, concentrarse en la gestión local y mantener respeto en el trato Provincia-Nación no justifican eludir el deber de expresar en público la contraposición entre el modelo propio y el kirchnerista. Sobre todo cuando en la intimidad partidaria se lo considera una forma exacerbada de personalismo autoritario, administrativamente truculento y eje de un conglomerado de poderosas empresas que actúan como un holding presidido desde el vértice del poder político.

No hablar de la arbitrariedad como norma en el vínculo Nación-Provincia ni desenmascarar que la política está contaminada por los intereses de lo que podría llamarse Grupo Kirchner constituye la única opacidad en el impecable silencio de Hermes Binner.

La forma más curiosa de silencio es la que practican Daniel Scioli, Mauricio Macri y Francisco de Narváez. Está colmado de palabras que no dicen nada. Ni bien terminan de exponer, todos olvidan lo que han dicho, porque son discursos insustanciales. No hay núcleo ni materia doctrinaria. Son mensajes elaborados por estrategas de marketing para vender un optimismo superficial, según el cual bastará con superar a una dirigencia “bajoneante” para que el país marche alegre y cordialmente hacia su destino manifiesto, que “está bueno”.

El anzuelo es la palabra “gente”. No hablan de sociedad ni de comunidad. Así como la palabra “pueblo” suele ser una supuesta garantía de sensibilidad y la carnada para los adictos a la terminología sacramental ideológica, la palabra “gente” lo es en el terreno marketinero de la política sin compromiso.

Scioli repite que lo único que quiere es “trabajar por la gente” y que los ataques y las ofensas jamás van a desviarlo de esa obsesión samaritana a la que consagró su sacrificio.

Nadie duda de que su vida política es sacrificada hasta el tormento. No se entiende por qué acepta padecer ese vía crucis que lo llevó desde vejaciones en la vicepresidencia hasta el ridículo de las candidaturas testimoniales. Cuando habla, no devela esos misterios, porque en él las palabras son una forma de silencio.

El caso Cobos. El otro hombre de pocas palabras es Julio Cobos. Ni siquiera se esfuerza demasiado en explicar por qué no debe renunciar, como pretende el Gobierno. En el país se ha instalado que si el vicepresidente no acuerda con el presidente, se tiene que ir del cargo para el que ha sido elegido. ¿De dónde sale semejante convicción?

La disyuntiva que le plantea el kirchnerismo es que se calle y no actúe... o que se vaya. ¿Por qué? ¿Acaso fue Cobos quien se apartó del acuerdo transversal y la promesa de campaña? Si en lugar de imponer silencio debatiera, el oficialismo no podría refutar que abjuró de lo acordado en la “concertación plural”, marginó de manera denigrante al vicepresidente, ante el primer conflicto expulsó a los radicales K y cortó subsidios a organizaciones sociales izquierdistas porque las reemplazó como aliadas por los popes peronistas del conurbano, a través de los cuales canalizó el dinero público en asistencia clientelar.

Fue Kirchner quien abrazó el “pejotismo” que tanto denunciaba, pateando con desprecio la sociedad de conveniencia electoral que llamaba “concertación plural”. Cobos fue quedando lejos del Gobierno del kirchnerismo porque éste se fue alejando de la convivencia tolerante y de la institucionalidad que había prometido.

De haber sido al revés, sería Cobos el desprestigiado en las encuestas y el matrimonio gubernamental el que se mantiene en lo alto de las preferencias populares. Si la realidad es al revés, de poco valen las excitantes narraciones épicas creadas por las usinas oficialistas para justificar los saltos del amor al odio, desde Duhalde hasta grupos mediáticos, pasando por Cobos y el piqueterismo de izquierda dura.

El problema de Cobos no es que tenga que renunciar, ya que no fue él sino Cristina quien se alejó del acuerdo de “concertación plural” para un país con “más diálogo” y “más institucionalidad”. Y ese alejamiento responde al “patrimonialismo” del poder que ejerce Kirchner, alimentado con colosales batallas y justificado con ecuaciones ideológicas y relatos épicos, que los ecos del poder repiten con fervor revolucionario y firmeza partisana.

En todo caso, el problema de Cobos es que su popularidad es producto del agresivo desvarío kirchnerista, sin tener él más mérito que portar una cara de mansedumbre que contrasta con el gesto alterado y vengativo de sus flageladores.

Le basta mantenerse en la tesitura de campaña y hablar sin insultar ni posar de héroe libertario, para que una sociedad harta de belicosos próceres vivientes vea en Cobos lo que no es: un estadista.

Llegó a vicepresidente sin haber pronunciado un solo discurso sustancioso en materia doctrinaria. Y también es de los que hablan poco y dicen cosas que no valen la pena, porque no tienen peso ni profundidad. De esos que, según Jorge Asís, “mientras hablan uno va olvidando lo que dicen”. Contracara del peso intelectual de líderes como Lagos, Lula y Tabaré, que hablan porque pueden explicar y proponer, y todo lo que dicen tiene significación.

En cambio, nuestros socios del silencio padecen el inquietante vacío de aquel callado presidente norteamericano que a la mujer que había apostado hacerlo decir “tres palabras seguidas” se limitó a responderle “usted perdió”.

© La Voz del Interior

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